Qué hacer para que tu hijo te obedezca

109
10 tips para que tu hijo te obedezca

Entre los 7 y 10 años, su desobediencia puede empezar a convertirse en un verdadero problema. Pero hay cosas que puedes hacer para no tener que decírselo todo cien veces.

En educación es necesario un grado razonable de obediencia, y muchos padres pueden verse desbordados por una situación en la que son incapaces de lograr que sus hijos les hagan caso. Padres no entren en la desesperación: hacerse obedecer tiene su técnica, y puede aprenderse.

1.- Cariño y unas buenas relaciones en el hogar

Los niños obedecen para no romper la armonía y conservar el afecto. Básicamente, obedecen por amor. Si el afecto no es sólido o no se manifiesta suficientemente, surgirán complicaciones, entre ellas la desobediencia.

2.- Los padres no deben desautorizarse

Alguna vez mamá, por ejemplo, puede levantar un castigo que impuso papá, y éste hacer la vista gorda: esto no es ninguna catástrofe. Pero si el niño ve que los padres se desautorizan entre sí, si no se apoyan, entonces habrá problemas. La autoridad no estará definida, ni las normas claras. El hijo puede incluso aprender a maniobrar para enfrentar a sus padres, se rebelará con frecuencia y, no desarrollará como hábitos el respeto y la obediencia.

3.- Dar el ejemplo

Pretender que los niños no lean mientras comen o no usen un lenguaje grosero será ilusorio si los padres no son los primeros en seguir estas normas. O al menos no podrán pretender que les obedezcan con convicción.

4.- Explicarles siempre

Y que sea convincente, quizás no siempre comprendan por completo (aunque debe intentarse siempre), pero en todo caso es importante la actitud de no imponer las cosas porque sí, sino de un modo razonado. Siempre es mejor «No grites porque estoy trabajando» que «Cállate de una maldita vez».

5.- Ser claros y no etiquetarles

«No le peques a tu hermano, porque no está bien» es correcto, y en cambio no lo es «Eres un mal hermano». Las etiquetas y generalizaciones nunca aclaran al niño con precisión cuál es el comportamiento a corregir, y los adjetivos negativos únicamente deben aplicarse a su comportamiento, y no a su persona, pues tu hijo puede creérselos, incorporarlos a su concepto de sí mismo y comportarse según sos adjetivos.

6.- Proponer alternativas

«No veas tanta tele» es mejor aceptado si se propone un paseo u otra actividad interesante. Es más fácil eliminar o disminuir un comportamiento cuando se sugiere otro que lo sustituye con ventaja. Siempre que sea posible, no hay que conformarse con prohibir.

7.- No entrar en discusiones interminables

Cuando existe la convicción de que la orden está justificada, y tras la oportuna explicación, es mejor mostrarse firmes y seguros de que ha de ser cumplida sin más.

8.- Ser coherentes

No vale una vez sí y otra vez no, las normas deberían ser costumbres. No comer helados si hace frío o no acostarse tarde serán normas más fáciles de cumplir si las ven como fijas, lógicas y previsibles.

9.- No amenazar en vano

Ésta es la fórmula mágica para no tener que repetir las cosas mil veces. Al decir «Si sigues molestando con el balón, no sales en tres meses», empezamos por sugerir al niño la posibilidad de desobedecer, y además la amenaza no es realista ni creíble.

Si vas a castigar la amenaza ha de ser creíble, y además debe cumplirse: «Deja de jugar al balón dentro de casa en este momento o te lo quitaré para toda la tarde». Esta segunda forma, además, cumple varios requisitos clave: es del todo clara, establece un plazo para su cumplimiento y el castigo tiene relación directa con la falta.

10.- Revisar las normas y no sobreprotegerles

Una prohibición adecuada para un niño de 4 años puede no serlo ya para otro de 8. Tengamos en cuenta su evolución y no la obstaculicemos con órdenes desfasadas. Hay prohibiciones necesarias porque libran a los niños de peligros reales, pero otras responden a nuestros excesivos miedos o prejuicios, que no les ayudan e incluso invitan a la desobediencia.

Es absurdo prohibir a un niño andar en bici porque a nosotros nos da miedo o porque nos caímos alguna vez ¡Déjalo experimentar por sí mismo! Es importante aprender a distinguir los riesgos razonables del peligro real.

Por Luciano Montero. Dr. en psicología y experto en educación