7 Razones por las que los flacos no engordan, según la ciencia

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No solo tiene que ver con el consumo calórico ni con los genes. Esto es lo que saben a día de hoy los científicos sobre por qué los flacos no engordan. Pero aquí te contamos más.

Las personas delgadas tienen peculiaridades en cuestiones naturales como la respiración, el ritmo cardíaco y el proceso digestivo, por ejemplo, una diferencia de 0,3 ºC en la temperatura corporal supone un gran gasto energético en un año.

Además, realizan más movimientos involuntarios, relacionados con el talante de cada persona, y es el cúmulo de todos esos movimientos inconscientes el que resta calorías al saldo corporal.

Además, los más delgados coinciden en que sus padres cocinaban con ingredientes frescos, hablaban con ellos de nutrición y realizaban actividades al aire libre en familia, y ellos tenían muchos amigos y dormían un número saludable de horas entre semana.

En muchos pequeños sometidos a maltrato físico desciende el nivel de la hormona leptina, que participa en la regulación del apetito y aumenta el uso de energía que hace el cuerpo. Como consecuencia, estas funciones se distorsionan y se tiende a comer más de lo necesario.

‘Jet lag’ social

Y “lo necesario” puede variar incluso con el horario. El ser humano está preparado para vivir, comer y actuar de día, y dormir, ayunar y estar en reposo de noche.

El especialista en cronobiología –la influencia de los ritmos circadianos en los procesos biológicos–, asegura que un trabajo a turnos ya puede suponer un riesgo metabólico. Sin embargo, comer abundantemente más temprano y ayunar por la noche contribuye a una delgadez saludable. Un mismo alimento, en la misma cantidad, si se ingiere por la mañana activa la termogénesis un 50% más a las 8 am que a las 8 pm, cuando se tenderá más a almacenarlo.

La grasa parda, que en los humanos está alrededor del cuello y la clavícula, transforma la grasa blanca en calor, eliminándola. De igual modo, si reducimos las horas de sueño a 5 o 6, provocaremos una tendencia a engordar.

No estar quieto

El horario es solo uno de los muchos elementos que actúan sobre cómo gastamos lo que ingerimos. Y muchos de ellos vienen ya en el equipamiento genético. Así, se ha descubierto que los genes responsables de la altura y los de un peso bajo están relacionados. Lo que explicaría que tantos suecos, noruegos o finlandeses sean altos y delgados, como sus madres.

Del mismo modo, la herencia determina la cantidad de grasa marrón del cuerpo o la abundancia de moléculas que inciden en los procesos metabólicos de este.

Como la forma en que actúa la enzima NAMPT en las células adiposas. Lo ha detectado recientemente una investigación de Karen Nørgaard, de la Fundación Novo Nordisk, en Dinamarca. Mediante manipulación genética, eliminaron la NAMPT en varios roedores. Al proporcionarles una dieta con un 60 % de grasas saturadas (equivalente a un menú humano de pizza y hamburguesas), vieron que no ganaban peso. Sus congéneres del grupo de control, con la misma alimentación y sin supresión enzimática, tardaron solo 12 semanas en volverse obesos.

La aplicación a humanos aún está lejos. Zachary Gerhart-Hines, coautor del estudio, nos explica que la inhibición de esa enzima se está realizando con fármacos muy potentes en ensayos para tratamiento de ciertos tipos de cáncer. Pero “no sabemos si eso afectará a la acumulación de grasa”.

Además, una eliminación general de esa sustancia en el cuerpo podría afectar negativamente a los músculos y el cerebro. Por eso, de momento solo están estudiando las mutaciones naturales que protegen a la gente de la obesidad.

Ayuda de la flora intestinal

En nuestro aparato digestivo habitan billones de bacterias, virus y hongos. Esa minipoblación –y en particular la del intestino grueso– participa en el modelado de nuestra figura, porque contribuye a generar más o menos grasa y también configura los “avisos” de saciedad al cerebro. Serguei Fetissov, de la Universidad de Ruan (Francia), descubrió cómo: a los 20 minutos de alimentarse, las bacterias creaban otro millón de individuos y segregaban unas proteínas que activaban hormonas de la saciedad y neuronas asociadas a la reducción del apetito.

La composición de esta microbiota es propia de cada individuo y termina siendo más parecida entre compañeros de piso que entre familiares que no conviven. Además, puede modificarse mediante la dieta. Muchos grupos de investigación buscan cómo “obligarla” a ayudarnos a alcanzar la distribución más eficiente de la grasa en nuestro cuerpo.

Fuente: quo.es